El pelo y la historia II

Etapa II:

Edad Media:

La Edad Media (s. VII – s. XV) Una vez retirados los romanos de todos los territorios que habían mantenido bajo su influencia dejaron tras de sí un panorama desolador. En un pueblo falto incluso de los recursos más básicos, la austeridad extrema triunfó sobre los afeites y la coquetería. Sólo en la Corte y los pequeños entornos de los señores feudales se mantenía un nivel de vida que permitía unos mínimos retoques estéticos, que, eso sí, solían limitarse a recogidos en las melenas de las damas.

Una religión apremiante que prohibía todo tipo de frivolidad jugó también una mala pasada a aquellas más presumidas que pudiesen intentar arreglarse de un modo más original que el estrictamente permitido.

Teñirse el cabello dejó de ser material y moralmente posible. Sin embargo, las mujeres debían llevar el cabello largo y bien recogido, tal como marcaba la Iglesia, lo que, en una época en que disponer de jabón se consideraba un lujo, obligó a agudizar la imaginación para crear todo tipo de moños y trenzas. La única manera de proteger el cabello de la suciedad y los piojos era cubrirlo convenientemente, por lo que se generalizó el uso de capuchas, velos, gorros y sombreros, en invierno y en verano. Las mujeres intentaban arreglarse de la manera más coqueta posible sin salirse de los cánones estrictamente indicados. Las más humildes tejían en sus cabellos trenzas de todo tipo que generalmente nunca dejaban caer, sino que se enroscaban encima o alrededor de la cabeza formando originales recogidos. Sus únicos recursos para hacerlo eran peines de madera e hilos de lana. A menudo, se usaban flores como ornamento, pues era lo único que tenían a su alcance. La raya en medio era lo más convencional y no solía haber tiempo ni ganas para hacer nada que se saliera de lo establecido. Para la gente del pueblo resultó una época oscura y demasiado dura para pensar en la belleza física.

Etapa III:

Renacimiento

El Renacimiento (s. XVI – s. XVIII) El culto a la belleza personal fue uno de los valores de la época clásica que se recuperaron durante el Renacimiento. El afloramiento de una nueva economía y el interés y preocupación por volver a un modelo de sociedad más civilizado hizo restablecer el valor del aseo y el cuidado personal. En la Corte se crea moda y aparecen otra vez especialistas del peinado que evolucionan en formas e ideas intentando recuperar los antiguos tocados de las épocas griegas y romanas.

Los accesorios proliferan y aparecen los postizos, especialmente en forma de trenzas y moños muy elaborados. Además redecillas, coronas y joyas entrelazadas se extienden no sólo por la Corte, sino entre las florecientes clases urbanas. Italia vuelve a ser el centro de las miradas europeas e impone su gusto y sus ideas de tendencia decorativista y refinada a la mayor parte del mundo occidental de la época. De esta manera se expanden los peinados de las casas venecianas y la moda de teñir el cabello en tonos rojizos, para lo que se empleaban mezclas de sulfuro negro, miel y alumbre con las que se embalsaban las cabelleras y posteriormente se exponían al sol para potenciar la acción de la fórmula. Nació en estos momentos la pasión por cambiar el color natural de la melena de las mujeres, y se popularizaron también el rubio ceniza, el hilo de oro y el color azafrán.

Etapa IV:

La época del Barroco

Los siglos XVII y XVIII, fueron los de la riqueza decorativa, las exageraciones, la búsqueda del efectismo. Pero sin lugar a dudas si algo caracteriza el look de la época son las pelucas, mediante las cuales se diferenciaban las clases sociales. Su aparición fue fomentada por Luis XIV de Francia, que deseaba ocultar al precio que fuera su incipiente calva, pero rápidamente se extendieron por la Europa continental y, posteriormente por Gran Bretaña; a pesar de que en un primer momento se vieron como una más de las excentricidades de la Corte. En pelucas y peinados se reflejaron los gustos estéticos del momento, por lo que, aunque parezca increíble, en ellos se puede observar monumentalidad, espectacular y recargada riqueza decorativa, expresividad, etc. Así se mezclaban con el cabello joyas, gasas, plumas, flores, cintas y elementos inimaginables, de manera que una peluca podía llegar a ser la maqueta de un castillo o de un barco. A más espectacularidad, mayor prestigio se ganaba socialmente. El rizo durante el barroco, y los tirabuzones, que triunfaron definitivamente en la época del rococó, empezaron, por primera vez, a crearse de manera artificial, mediante palos cilíndricos que luego se sometían al calor de hornos de panadería o incluso, fraguas. La técnica perduró y, siglos más tarde, en ella se basaron las primeras permanentes en caliente. Con la llegada de la Revolución Francesa, en 1789, finalizó la ostentación de estos siglos, y la sencillez y la comodidad a las que las clases bajas nunca habían renunciado, se impusieron por encima de las costumbres sofisticadas, que fueron despreciadas por los revolucionarios. Las pelucas desaparecieron por completo y volvió el gusto por el pelo natural. Y es que, como todo, la peluquería también se rige por ciclos.

Etapa V:

El Siglo XIX. Época de cambios

La Revolución Francesa y la Revolución Industrial marcaron, en todos los sentidos, el devenir de la Historia del mundo occidental. En la sociedad, ambas tuvieron una consecuencia clara: la sencillez era la línea a seguir en todos los sentidos para señalar la amplia distancia que separaba las nuevas costumbres de los antiguos excesos de la Corte.

Aparecieron así los peluqueros, que trabajaban sobre todo a domicilio cuando lo hacían con la burguesía, desplazándose a trabajar al hogar de las clientas. Se asentó definitivamente el oficio, el de expertos en cabello que lavaban y sobretodo peinaban a grupos de clientas a cambio de una remuneración económica; a diferencia de los antiguos peluqueros de la Corte que solían ser doncellas u otros sirvientes que aprendieron la profesión o bien artesanos o sastres que confeccionaban pelucas. Los caballeros sin embargo, cortaban su cabello en el barbero, sin decidirse todavía a ponerse en manos de los estilistas que trataban a las señoras.

Las mujeres de las clases sociales más humildes empezaron a trabajar en fábricas y en algunos oficios artesanales, buscando lo más sencillo y práctico sujetaban sus cabellos, sobretodo en moños, que empezó a considerarse el peinado más decoroso del momento. También las burguesas adoptaron este peinado, que reflejaba el espíritu de sencillez que predominaba en el momento. Cubrirlo con el sombrero adecuado al salir a la calle se convirtió en el máximo adorno para estos moños sujetos en la nuca y a menudo cubiertos por redecillas.

Pero la auténtica revolución de la peluquería en esta época la provocó la aparición del agua oxigenada en 1867. Lo que hasta entonces habían sido recetas auténticamente peligrosas para la salud del pelo y el cuero cabelludo pasó a convertirse en un proceso de decoloración mucho más sencillo y seguro. La coloración vivió otro avance espectacular casi a las puertas del S.XX cuando aparecieron los primeros colorantes sintéticos. Y aunque sólo las clases más favorecidas hacían uso de ellos y que tampoco fueron recibidos con gran entusiasmo, significaron la primera semilla de un producto que sin duda ha evolucionado en 100 años más que ningún otro de los utilizados en esta profesión.